
Era en una de esas últimas noches de verano, -respirándose un Marzo que se aproximaba amenazadoramente, intentando pisarle los talones a las dulces vacaciones e invitándonos a todos a volver a nuestras odiosas rutinas- cuando volvía hacia la gran ciudad, con un nudo en el estómago que mezclaba nostalgia y un poco de tristeza.
Mientras el silencio de la carretera me iba adormeciendo, las olas rompían de una forma particular sobre la arena. Era una de esas visiones que al ser tan simples se vuelven bellas, algo apenas fuera de lo particular, y que sólo a pocas personas les llamaría la atención.
En un momento determinado, la playa entera se iluminó en una franja fluorescente. No podía perderme ese momento, sabía que había algo especial que valía la pena detenerse a ver, que no se volvería a repetir.
Al llegar a la orilla, vi un brillo extraño en el agua, no era el clásico brillo que refleja la luna, eran pequeños lunares resplandecientes...
Sorprendida y maravillada, miré la arena húmeda. Asombrosamente, caminar en ella era algo parecido a accionar miles de botones minúsculos que encendían luces alrededor de mis pies. Comencé a correr y ráfagas luminosas me perseguían, intenté tomar algo de esas luces en mis manos pero éstas se apagaban. Era una magia instantánea, la más disfrutable de todas.
Ése momento quedó dentro de mí grabado como una fotografía, sólo lo comparto cuando sé que la otra persona podrá concentrarse e imaginarse un momento así... Aunque creo que ni la más hábil de las imaginaciones podría igualar esos instantes.