viernes, 23 de abril de 2010

                                                            
—¿Quiere que convierta su vida en un infierno?
         —No estoy preparado para una relación Lois, pero gracias por preguntar...

jueves, 15 de abril de 2010

¿Vendería usted sus dos ojos por mil millones de dólares? ¿Que pediría por sus dos piernas? ¿O por sus dos manos? ¿Por su oído? ¿Por sus hijos? ¿Por su familia? ¿Cuánto?
¿demasiado valiosos? espero lo recuerde todos los días. 

martes, 6 de abril de 2010

Retruco, quiero?

Cuando el sol estaba por caer, en ese preciso instante en que el otoño pincelaba rojos y cobrizos matices en el cielo, era cuando Ismael se sentía en paz.
Su vieja casita a orillas del océano, la cual lo albergaba hacía varios años, era su santuario. Ese lugar donde uno se siente a salvo, acompañado, aunque muchas veces le toque estar solo.
La penumbra comenzaba a invadir el lugar. Un farol y un mate amargo salían a acompañar al anciano, quien esperaba a los últimos buques pesqueros desde su banquito de roble apolillado. Nuevamente comenzaba su rutina.
Con un bolígrafo de tinta negra, Ismael escribía. Recordaba. Remontaba su mente hacia épocas lejanas, en las que el bandoneón y su mujer eran fieles compañeros. Y sonreía al recordar las tardes lluviosas en que era feliz simplemente conversando o jugándole unos trucos.
Esa mujer, el motivo de sus ilusiones, se había marchado al igual que el bandoneón y las viejas cartas españolas.
Ismael volvía a recordar, esforzándose un poco más, los tiempos en que le tocó callar y callarse. En los que el sol no salía para todos con igual esplendor, en los que el miedo y la desesperanza cenaban con la familia cómodamente. Aquellos en los que el respeto y la utopía eran sinónimos, en los que sólo la esperanza podía alimentar esas almas y hacerlas continuar. 
El anciano cebaba otro mate y en silencio contemplaba las olas rugir en la orilla. 
A veces extrañaba esos ojos marrones llenos de vida, que conocían cada detalle de su ser. Esos labios que soltaban cálidas frases de aliento, y esa sonrisa pícara que congelaba el tiempo con facilidad. 
Sonreía. A veces, y muy a su pesar, un par de lágrimas borroneaban sus memorias.
Y llegaba el momento de recordar... Aquél instante en que su vida ya no fue vida nunca más.
Y se volvió fotos, viejos vestidos de encaje y recetas con mucha canela y limón. 
¡Cómo costaba todo desde entonces! Parecía que el segundero del reloj fuera marcha atrás. Los minutos se hacían días, meses, años... Largo tiempo de espera que Ismael había aprendido a tolerar.
"Ya va a llegar el día... Ése en el que yo remonte vuelo como aquél viejo bandoneón; y finalmente sí, aunque no lo parezca, volveré a vivir. 
Y todo va a volver a tener sentido, cuando me reencuentre con aquella sonrisa de canela y mis cartas sumen 37 de envido nuevamente..."