Ella salió con su bicicleta como cualquier otra mañana.
Pasó por la plaza, por el callejón y por un par de monumentos. Sonreía: ya estaba llegando el otoño, lo que significaba que el aire no era denso pero tampoco frío; ideal para pedalear y no pensar en nada.
Al llegar a clase vio que un par de butacas estaban vacías. Raro, ya que nunca había lugar libre en esos auditorios enormes que siempre estaban superpoblados.
Él se acomodó el cuello del uniforme.
Cepilló su bigote co un peinecillo de oro y verificó que todo estuviera en su lugar. Impecable, pensó. Ya imponía el respeto necesario como para no tener que responder a preguntas incomodantes.
El plan acababa de comenzar. Ya había muchos protestando pero esto no podía fallar, era imparable. Ellos y nadie más que ellos sabían lo que realmente era conveniente.
Un mes después sintió ruidos terribles en la casa de al lado. Se despertó sobresaltada, intentando creer que había sido una pesadilla, pero era innegable.
Lo que nunca creyó posible estaba siéndolo, y se dio cuenta que debía ser valiente y enfriar la sangre.
Salió a la calle y sin golpear abrió la puerta de los Suárez.
Lo habían ascendido. ¡Por fin! Era hora de que alguien notase sus dotes naturales de destreza y decisión. Y esa noche era su oportunidad de demostrarlo.
Fríamente invadió el sueño tranquilo de una casa de Ciudad Vieja, cambiando la vida de muchos en un par de minutos.
Hacía frío. El invierno se había instalado por completo y su camisón de seda no era de ayuda.
Las heridas le ardían, tanto por dentro como por fuera. Se escuchaban tangos de Gardel mezclados con dolor y miedo. El pánico podía olerse por encima del olor nauseabundo del lugar. Intentó rezar, pero ya no podía recordar quién era ese tal Dios. Y si existía, estaba distraído...
La vio. Estaba flaca y descuidada. Pensó por un momento en su hija menor, y se dio cuenta que se parecían bastante.
Sin que pudiese escucharlo llegar, la tomó por la cintura y comenzó a besarla. Hizo caso omiso a sus súplicas e insltos, simplemente continuó invadiéndola hasta que hubo profanado cada parte de su ser. Estaba fría como una tumba.
El último día pudo abrir los ojos luego de largo tiempo. Cuatro paredes de concreto la mantenían cautiva a merced de los invasores. Ese día un bigote tupido con el pelo bien corto la agarró de un brazo y la sacó de allí. Luego de que, por enésima vez, ella prefiriese el silencio, la paciencia se agotó.

Era su última oportunidad. Mentir sería un arma letal, aunque no lo supiese. Luego de intentar en vano sacarle alguna palabra, no pudo soportarla más.
"¡Por tu vieja, tu viejo y toda esa manga de comunistas de mierda!"
Y tres explosiones quebraron el silencio de Montevideo, aquella noche húmeda de setiembre del 76.