Lo peor del amor, cuando termina,
son las habitaciones ventiladas,
el solo de pijamas con sordina,
la adrenalina en camas separadas.
Lo malo del después son los despojos
que embalsaman los pájaros del sueño,
los teléfonos que hablan con los ojos,
el sístole sin diástole ni dueño.
Lo más ingrato es encalar la casa,
remendar las virtudes veniales,
condenar a galeras los archivos.
Lo atroz de la pasión es cuando pasa,
cuando, al punto final de los finales,
no le siguen dos puntos suspensivos...
jueves, 19 de septiembre de 2013
viernes, 13 de septiembre de 2013
...
Juan era flaco y bajito, morocho y con el pelo enrulado. Estudiaba filosofía en la universidad pública. Llegaba siempre tarde y entraba la bicicleta al salón, sin decir buenos días ni secarse el sudor de la frente. Su voz era grave y fuerte, y su vocabulario excelente, aunque su forma de hablar como creyéndose sabedor de la verdad era sumamente despreciable.
Ese día, Beto, el profesor, había dado inicio a la clase con la vieja y rutinaria pregunta: "Qué es la felicidad?". A ésta los alumnos dieron las distintas versiones esperables, y venía todo bien encaminado. El profesor, creyendo imaginar cómo terminaría la clase -llevándolos a todos suavemente hacia la respuesta académicamente aceptada- estaba muy relajado.
De repente, Juan levantó la mano. La ceja se le arqueó levemente, señal típica de molestia. Pero Juan no lo sabía.
- Profesor, ¿cuándo fue la última vez que fue feliz?
Esta pregunta descolocó a Beto increíblemente. Era feliz, claro que lo era. Siempre lo había sido. Tuvo éxito en sus estudios a lo largo de toda su vida. Obtuvo el título a la edad esperable, ligeramente retrasado por cuestiones burocráticas de la cátedra pero innegablemente de manera destacada. Se casó en el momento justo, con una mujer de bien que también se había recibido hacía pocos años. Tuvieron dos hijos, una niña y un varón, los cuales al día corriente trabajaban y estudiaban como cualquier persona decente. Compraron una casa en un barrio promedio, y tenían dos perros a los cuales sacaba a pasear todas las noches. Daba clase todos los días en dos universidades. Su padre había fallecido hacía muchos años y su madre estaba viviendo en un hogar de ancianos, una víctima más del clásico Alzheimer.
Era feliz, cómo no?
- A qué se debe la pregunta, Gutiérrez?
- En realidad no sé. Yo creo que las personas felices tienen una forma de mirar y de respirar distinta. Y hacen siempre cosas distintas. Sonríen, ríen a carcajadas, y también lloran. En realidad no defino a la felicidad por algo interno. Cada uno tiene su manera de ser feliz, no creo que exista un mismo sentimiento general para todas las personas felices. Pero sí sé una cosa: cuando uno es feliz, cree haber encontrado y obtenido a la felicidad, cuando en realidad es totalmente a la inversa; la felicidad lo tiene a uno, y se mete y escapa por todos los recovecos de su ser. Y entonces quien es feliz no puede esconderlo, porque ésta emana como un perfume francés, contaminando todo el lugar. La felicidad apesta, señor. No en el mal sentido, apesta porque se siente de todos lados. Y... - dudó- yo no siento eso en usted.
Beto se quedó en silencio.
Juan también.
Se miraron, Juan bajó la cabeza, se paró y se fue.
- Disculpe- dijo antes de atravesar la puerta para nunca más volver.
Ese día, Beto, el profesor, había dado inicio a la clase con la vieja y rutinaria pregunta: "Qué es la felicidad?". A ésta los alumnos dieron las distintas versiones esperables, y venía todo bien encaminado. El profesor, creyendo imaginar cómo terminaría la clase -llevándolos a todos suavemente hacia la respuesta académicamente aceptada- estaba muy relajado.
De repente, Juan levantó la mano. La ceja se le arqueó levemente, señal típica de molestia. Pero Juan no lo sabía.
- Profesor, ¿cuándo fue la última vez que fue feliz?
Esta pregunta descolocó a Beto increíblemente. Era feliz, claro que lo era. Siempre lo había sido. Tuvo éxito en sus estudios a lo largo de toda su vida. Obtuvo el título a la edad esperable, ligeramente retrasado por cuestiones burocráticas de la cátedra pero innegablemente de manera destacada. Se casó en el momento justo, con una mujer de bien que también se había recibido hacía pocos años. Tuvieron dos hijos, una niña y un varón, los cuales al día corriente trabajaban y estudiaban como cualquier persona decente. Compraron una casa en un barrio promedio, y tenían dos perros a los cuales sacaba a pasear todas las noches. Daba clase todos los días en dos universidades. Su padre había fallecido hacía muchos años y su madre estaba viviendo en un hogar de ancianos, una víctima más del clásico Alzheimer.
- A qué se debe la pregunta, Gutiérrez?
- En realidad no sé. Yo creo que las personas felices tienen una forma de mirar y de respirar distinta. Y hacen siempre cosas distintas. Sonríen, ríen a carcajadas, y también lloran. En realidad no defino a la felicidad por algo interno. Cada uno tiene su manera de ser feliz, no creo que exista un mismo sentimiento general para todas las personas felices. Pero sí sé una cosa: cuando uno es feliz, cree haber encontrado y obtenido a la felicidad, cuando en realidad es totalmente a la inversa; la felicidad lo tiene a uno, y se mete y escapa por todos los recovecos de su ser. Y entonces quien es feliz no puede esconderlo, porque ésta emana como un perfume francés, contaminando todo el lugar. La felicidad apesta, señor. No en el mal sentido, apesta porque se siente de todos lados. Y... - dudó- yo no siento eso en usted.
Beto se quedó en silencio.
Juan también.
Se miraron, Juan bajó la cabeza, se paró y se fue.
- Disculpe- dijo antes de atravesar la puerta para nunca más volver.
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