Las calles de París eran su escenario perfecto para jugar a las escondidas más grandes que nadie vio jamás.
Ella sabía perfectamente dónde encontrarlo. El café atendido por aquella pareja de ancianos parecía hechizarlo, aunque nunca supo exactamente por qué; quizá tenía algo que ver el aroma de los granos de café amargo recién molidos inundando el lugar, quizá el amor inmenso con que se miraban, quizá las miles de delicias que su paladar pudo saborear en todos esos años de visitarlos tarde a tarde.
Sin embargo, él también sabía dónde hallarla a ella. Aquellos bancos a orillas del Sena, donde si se cerraban los ojos se podía escuchar el tintineo de las cadenas sosteniendo a las barcas que se mecían suavemente en el río. Si se respiraba profundamente podía también sentirse el olor de las lavandas que a esa altura del año florecían de manera increíble. De todas formas, él sabía que ella siempre elegiría alguna novela romántica para acompañarla en ese rato; alguna que probablemente nunca terminaría ya que cuando pasaba algo malo se ponía verdaderamente triste.
A pesar de todo, y quién sabe cómo, tenían una conexión tan grande que ambos podían sentir que el otro los buscaba. Y en ese mismo momento huían lo más lejos posible: la gracia era durar lo más posible sin ser descubiertos. Se perseguían por las ferias de las calles empedradas, escondiéndose entre la gente, ocultándose atrás de los cuadros en venta y los sombreros anchos de las señoras. Se veían, pero el contacto visual no podía durar ya que perdería sentido el juego. De forma sutil pero sumamente divertida pasaban horas enteras dando vueltas por la ciudad, tomando taxis y volando en bicicletas.
Al fin, siempre el perseguidor acababa sorprendiendo por la espalda al perseguido, nunca sin un regalo especial con el cual premiarlo por su buen desempeño.
Así pasaban los años como si fueran segundos, mientras la bella Rue de París era cómplice de uno de los tantos amores que se escondían diariamente
de la rutina...

