La gente no será manejada por el automóvil, ni será
programada por la computadora, ni será comprada por el supermercado, ni
será mirada por el televisor.
La gente trabajará para vivir, en lugar de vivir para
trabajar.
Los historiadores no creerán que a los países les encanta ser invadidos, los políticos no creerán que a los pobres les encanta comer promesas.
El mundo ya no estará en guerra contra los pobres,
sino contra la pobreza, y la industria militar no tendrá más remedio que
declararse en quiebra.
Los niños de la calle no serán tratados como si
fueran basura, porque no habrá niños de la calle; los niños ricos no
serán tratados como si fueran dinero, porque no habrá niños ricos.
La Iglesia también dictará otro mandamiento, que se
le había olvidado a Dios: «Amarás a la naturaleza, de la que formas
parte»; serán reforestados los desiertos del mundo y los desiertos del
alma.
Los desesperados serán esperados y los perdidos serán
encontrados, porque ellos son los que se desesperaron de tanto esperar y
los que se perdieron de tanto buscar.
Seremos compatriotas y
contemporáneos de todos los que tengan voluntad de justicia y voluntad
de belleza, hayan nacido donde hayan nacido y hayan vivido cuando hayan
vivido, sin que importen ni un poquito las fronteras del mapa o del
tiempo.