El conde Felicio volvió a su trono, luego de una placentera cena de mariscos con los representantes del reinado vecino. Sonrió al ver su reflejo impecable en su corona dorada. Realmente, la realeza le sentaba bien.- Es usted un hombre admirable- le había dicho su consejero, Moisés, la semana anterior - tiene los pies bien puestos sobre la tierra, y responde a las solicitudes de su pueblo con mucha inteligencia. Felicidades.-
Felicio saboreaba esa frase como un niño saborea su golosina preferida. Lo había hecho sentir alguien fuerte y decidido...
De repente, el centinela llamó a la puerta del salón.
- Señor, hay afuera un anciano que dice tener un importante mensaje para usted...- dudó, al ver la cara rígida del magnate -quiere que lo haga pasar, su majestad?-
- Hum... No tenía previsto ver a nadie a estas horas de la noche. Mas, si es importante, hazlo pasar. Muchas gracias.-
El joven muchacho asintió con la cabeza y salió apurado hacia la puerta. Felicio volvió a mirar su reflejo en su corona. Impecable.
- Con perdón- se abrió la puerta, dejando entrever a un hombre bastante envejecido -vengo de una aldea muy lejana, de la cual me fue encargado darle un mensaje. Mi nombre es Julius, señor.-
El conde lo miró con una mirada tanto de desconcierto como de desconfianza.
- Bueno, pues, entonces haz el favor de explicarme de qué se trata- replicó éste con impaciencia.
- Me temo que antes de ello, usted deberá contestar correctamente un pequeño acertijo- Felicio levantó una ceja, levemente intimidado -Usted sabe... Para asegurarnos de que nuestra información no acabará en manos de un...-
- Inepto?- el anciano calló, dando a entender un "sí". -pues bien, bien, adelante, dímelo. Tengo mucha experiencia en juegos mentales- dijo el conde, un tanto fastidiado, y seguro de poder hacerlo.
- Entonces, aquí voy:- el visitante dejó salir un suspiro- "En un reinado lejano, estaba prohibida la mentira por sobre todas las cosas. A la hora de entrar, el visitante debía enunciar una premisa, la cual tendría que ser verdadera para acceder al poblado. En caso de no serlo, la persona sería condenada a muerte. Resulta que un buen día, apareció un hombre, delgado y larguirucho, dispuesto a entrar al reino. Sin embargo, la drase que dijo no hizo más que causar problemas en la metodología de entrada, hicieran lo que hicieran, los guardias no iban a evitar contradecirse.- Julius dejó escapar una mirada profunda a través de sus anteojos de media luna- cuál crees que fue su premisa, muchacho?-
Felicio enmudeció. Le pidió al visitante que le diese una hora para pensarlo; mas, transcurrido ese tiempo, no se le cruzó por la cabeza nada cercano a una respuesta.
- Hum... podrías darme una pista?- pidió el conde.
El anciano suspiró.
- Era obvio que no lo adivinarías. Eres joven y fuerte, pero tienes que crecer aún en tu manera de pensar, Felicio.- dijo Julius, un tanto decepcionado -Tal vez vuelva a visitarte transcurridos unos años, cuando tengas un poco más de madurez-
El conde se enfureció. Cómo se atrevía un hombre cualquiera venido de quién sabe dónde a tratarlo de inmaduro? Era mucho para él.
- Antonio!- llamó apresurado a su consejero, y le contó rápidamente la historia de Julius, con la esperanza de demostrarle al anciano que no era tan fácil como él sugería. El buen hombre, luego de pensarlo un poco tiempo, descubrió la respuesta.
- Y, obviamente que su frase fue algo como :"ustedes van a sentenciarme a muerte por decir esto". Obviamente de esa manera habría un problema, ya que si lo dejaban pasar y no lo condenaban a muerte, el hombre estaría mintiendo. Pero si lo hacían, el hombre finalmente habría dicho la verdad, y eso también sería una injusticia...-
Obviamente, la situación superó a Felicio. A los pocos minutos, ya había ordenado la sentencia de muerte para los dos mequetrefes que habían alterado su noche...
perdón...???
ResponderEliminarque hubiera valido más la pena??
(muy buena la historia)