La calle de la alegría se llenó de sonrisas.
Allá uno se encuentra con todas esas viejas amistades que daba por perdidas, que creía que se habían quedado enterradas en algún álbum de fotos de la mudanza.
Corren. Saltan.
Se quieren nuevamente. Improvisan, se vuelven niños otra vez.
Allá abajo se siente el olorcito a madreselvas de la casa de la abuela de aquél, donde siempre iban todos a merendar después de largas horas de vereda.
Ya grandes, maduros, creían haber olvidado la tibieza del Vascolet con galletitas en las tardes de junio.
Pero los tacos aguja y las valijas llenas de facturas y preocupaciones quedaron tiradas en el empedrado. Ahora están descalzos. Plenos.
Ríen, sentados al cordón de la vereda, mientras algunos dibujan una rayuela con tiza.
Las que supieron ser escribanas exitosas, se sueltan los moños que apretaban su cabeza. Se acuerdan, así, de cómo les gustaba imaginarse que eran actrices famosas, sacudiendo el pelo con el viento de otoño.
Y aquellos contadores, ingenieros y cirujanos aplicados ya reviven lo lindo que era jugar al cordoncito, hacerse algún magullón en la rodilla y sentirse superhéroes por no llorar enfrente a las nenas.
¡Ah! Qué linda... La calle de la alegría.


