El tapón del pomo de pasta de dientes estaba tan firmemente enroscado que, esa mañana, al intentar abrirlo, casi se rompió una uña. Miró sus dedos, estaban amoratados, intentó otra vez con mas fuerza, y una chorrito de sangre salió disparado desde la uña.
Aturdido se sentó sobre el inodoro, miró la uña. La sangre salía con fuerza de la punta del dedo buscó desesperado una curita, no lo encontró, utilizó un poco de papel, pero pronto el papel se llenó de sangre.
Alguna vez, cuando era chico, había escuchado que para detener las hemorragias se debía hacer un torniquete en la parte superior a la herida. Buscó entonces con desesperación algún hilo entre las cosas del baño, pero no lo encontró, eso lo desanimó. En el piso el charco de sangre seguía creciendo. Con su mano derecha tomó un trapo de piso y empezó a limpiar el charco de sangre, con una mano limpiaba y de la otra salía más sangre. Al rato se cansó y desistió, se sentó en el suelo del baño y se miró el dedo, aún salía sangre aunque en menos cantidad.
Al principio este hecho significó un alivio para su mente, pues no dudó que la hemorragia se estaba controlando, pero un minuto después otra idea le saltó en la mente. ¿Y si se estuviera quedando sin sangre? Esa probabilidad lo atormentó, miró con angustia su dedo y la pequeña herida que no paraba de sangrar. Quiso presionar con los dedos de la otra mano la pequeña herida, pero no pudo, la herida estaba debajo de la uña.
Suspiró se acurrucó en la baldosa fría del baño y meditó por unos segundos mientras las gotas seguían cayendo. Miró su dedo y se lo llevó a la boca, tantas veces había realizado ese procedimiento, porqué sabía qué, después de un poco de saliva la sangre siempre empieza a coagular. Se chupó el dedo, le pasó la lengua, pero la sangre no paraba. De repente se levantó escupió una gran cantidad de sangre y frunció el ceño. Empezó a llenar la pileta con agua caliente, muy caliente. Y metió el dedo lastimado. El agua le quemaba sin duda, sus gestos eran bastante desagradables. Sacó el dedo con fuerza del agua, tanta brusco fue ese movimiento que golpeó al espejo que se quebró en muchos pedazos. Se asustó y se tiró para atrás.
Del brazo le empezaron a salir dos chorritos de sangre, uno salpicaba contra la camisa blanca y el otro caía en la bañera. Miró pasmado las dos heridas del brazo. Se puso a llorar. Movió los brazos en su desesperación por para la sangre, pero la sangra salió aun con mas fuerza, si esto era posible. Se detuvo, miró a su alrededor las paredes se habían llenado de largas gotas rojas. No pudo más abrió la puerta del baño y salió corriendo. Las paredes blancas de su departamento pronto se llenaron de gotas rojas, algunas pequeñas otras grandes. Tomó el picaporte y quiso abrir su puerta, pero no pudo, movió, tiró, empujó y la puerta no se movió. La sangre no dejaba de salir un charco enorme se creó a su pies. En su angustia se acuclilló y empezó a llorar. La sangré no se detuvo, salió por debajo de la puerta y fue avanzando por el pasillo largo, llegó a las escaleras y se escurrió por los escalones de mármol, en menos de cinco minutos llegó a la planta baja y ahí la vio el portero.
El portero tomó la escoba y subió siguiendo la sangre, y la siguió hasta que la encontró saliendo del 3 B. Golpeó la puerta. Nadie contestó. Golpeó con mas fuerza. No se oyó nada. La sangre seguía saliendo por debajo de la puerta. El portero se fue y volvió con un hacha enorme de esas que usan los bomberos para su trabajo. Bastó tres golpes para que derribara la puerta. Ahí lo encontró. Tirado, inconsciente, y con grandes chorritos de sangre que salían de su cuerpo, Como pudo el portero lo levantó y lo llevó a su cama. En la cama no pudo estar mucho tiempo ya que esta se llenó de sangre. Aturdido el portero llamó a los médicos. Los médicos vinieron, pero nada pudieron hacer. Al rato llegó doña Julia quien miró al desangrado con piedad. Salió de la habitación y fue hasta el baño, no prestó atención a la sangre. Buscó hasta que encontró, salió del baño y volvió presurosa hasta la habitación. Ahí quitó el tapón de la pasta de dientes y extrayendo un poquito de esta, la colocó sobre la uña que goteaba. Al momento la uña detuvo su sangrado. Realizó la misma operación con las demás heridas y todas dejaron de sangrar. La vieja sonrió, no dijo nada y se fue.
Aturdido se sentó sobre el inodoro, miró la uña. La sangre salía con fuerza de la punta del dedo buscó desesperado una curita, no lo encontró, utilizó un poco de papel, pero pronto el papel se llenó de sangre.
Alguna vez, cuando era chico, había escuchado que para detener las hemorragias se debía hacer un torniquete en la parte superior a la herida. Buscó entonces con desesperación algún hilo entre las cosas del baño, pero no lo encontró, eso lo desanimó. En el piso el charco de sangre seguía creciendo. Con su mano derecha tomó un trapo de piso y empezó a limpiar el charco de sangre, con una mano limpiaba y de la otra salía más sangre. Al rato se cansó y desistió, se sentó en el suelo del baño y se miró el dedo, aún salía sangre aunque en menos cantidad.
Al principio este hecho significó un alivio para su mente, pues no dudó que la hemorragia se estaba controlando, pero un minuto después otra idea le saltó en la mente. ¿Y si se estuviera quedando sin sangre? Esa probabilidad lo atormentó, miró con angustia su dedo y la pequeña herida que no paraba de sangrar. Quiso presionar con los dedos de la otra mano la pequeña herida, pero no pudo, la herida estaba debajo de la uña.
Suspiró se acurrucó en la baldosa fría del baño y meditó por unos segundos mientras las gotas seguían cayendo. Miró su dedo y se lo llevó a la boca, tantas veces había realizado ese procedimiento, porqué sabía qué, después de un poco de saliva la sangre siempre empieza a coagular. Se chupó el dedo, le pasó la lengua, pero la sangre no paraba. De repente se levantó escupió una gran cantidad de sangre y frunció el ceño. Empezó a llenar la pileta con agua caliente, muy caliente. Y metió el dedo lastimado. El agua le quemaba sin duda, sus gestos eran bastante desagradables. Sacó el dedo con fuerza del agua, tanta brusco fue ese movimiento que golpeó al espejo que se quebró en muchos pedazos. Se asustó y se tiró para atrás.
Del brazo le empezaron a salir dos chorritos de sangre, uno salpicaba contra la camisa blanca y el otro caía en la bañera. Miró pasmado las dos heridas del brazo. Se puso a llorar. Movió los brazos en su desesperación por para la sangre, pero la sangra salió aun con mas fuerza, si esto era posible. Se detuvo, miró a su alrededor las paredes se habían llenado de largas gotas rojas. No pudo más abrió la puerta del baño y salió corriendo. Las paredes blancas de su departamento pronto se llenaron de gotas rojas, algunas pequeñas otras grandes. Tomó el picaporte y quiso abrir su puerta, pero no pudo, movió, tiró, empujó y la puerta no se movió. La sangre no dejaba de salir un charco enorme se creó a su pies. En su angustia se acuclilló y empezó a llorar. La sangré no se detuvo, salió por debajo de la puerta y fue avanzando por el pasillo largo, llegó a las escaleras y se escurrió por los escalones de mármol, en menos de cinco minutos llegó a la planta baja y ahí la vio el portero.
El portero tomó la escoba y subió siguiendo la sangre, y la siguió hasta que la encontró saliendo del 3 B. Golpeó la puerta. Nadie contestó. Golpeó con mas fuerza. No se oyó nada. La sangre seguía saliendo por debajo de la puerta. El portero se fue y volvió con un hacha enorme de esas que usan los bomberos para su trabajo. Bastó tres golpes para que derribara la puerta. Ahí lo encontró. Tirado, inconsciente, y con grandes chorritos de sangre que salían de su cuerpo, Como pudo el portero lo levantó y lo llevó a su cama. En la cama no pudo estar mucho tiempo ya que esta se llenó de sangre. Aturdido el portero llamó a los médicos. Los médicos vinieron, pero nada pudieron hacer. Al rato llegó doña Julia quien miró al desangrado con piedad. Salió de la habitación y fue hasta el baño, no prestó atención a la sangre. Buscó hasta que encontró, salió del baño y volvió presurosa hasta la habitación. Ahí quitó el tapón de la pasta de dientes y extrayendo un poquito de esta, la colocó sobre la uña que goteaba. Al momento la uña detuvo su sangrado. Realizó la misma operación con las demás heridas y todas dejaron de sangrar. La vieja sonrió, no dijo nada y se fue.
Autor: Luis Muñoz (a quien no conozco verdaderamente, pero es el autor a fin de cuentas)
