Yo suelo tenerle miedo a esos huecos que se producen luego de tanto arder. A esas porciones que se desprenden del entero. A esos racimos pesados que se sueltan del tallo, para ser semilla, para germinar. El efecto colador, en el peor de los casos, resulta ser un enemigo.
El saber que aún soy tan sólida me genera dualidad en el deseo. Han podido romper sus propios límites, y se han filtrado hacia un universo mucho mejor.
Allá van... y entre los pequeños agujeros los puedo ver... sonríen...
¡Están sonriendo!
Mientras patinan libremente atino a mirar por el agujero emitiendo un guiño.
Yo estoy acá, ustedes allá.... y allá.
Pero en el fondo todos sabemos que estamos en el mismo lugar.
Estamos ahí para vernos nacer, una y otra vez. Es que somos como padres e hijos. Ese nido que estás armando tiene ramitas mías, y este que yo estoy planeando tendrá de las tuyas también, y por una cuestión de identificación, podremos volar a diferentes lugares, pero uno siempre vuelve a ese sitio que tiene algo de uno, el perfume, el sabor, el color. Vos estás en mi, yo soy un poco vos, vos sos un poco yo y no hay distancia que nos haga olvidar eso. Porque sabemos que hay un atajo, un puente rodeado de un río, un río en el que nos reflejamos, un río un poco narciso en el que vemos lo verdaderamente bello, las marcas indelebles, lo que guarda el corazón...
Ahí siempre te estaré esperando...

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