Vuelos, pasos, visitas al borde del planisferio. ¡Hay tantas rendijas que dejan ver el mar!
Camino con un ritmo propio de occidente. Entusiasta y decidida.
Pero algo pasa.
Una vez más, me miro y me encuentro con los zapatos anclados al empedrado de aquella esquina donde por última vez te intenté saludar. Pero, arrastrando cordones de memorias y algodón, dejo atrás las macetas llenas de nomeolvides que cubren los balconcitos. Y todavía se siente el olor a incienso de jazmín.
Mi mano se aleja entre renglones no tan rectos. Y me alejo.
Veo personas peleando eternamente, dando miles de soluciones para algo que de a poco deja de ser un problema.
Estrofas. Mentiras. Llantos.
Y pascualinas que duermen en el horno mientras otros prefieren prender fuego las ideas ajenas.
Y tardes de anchas calles y angosta soledad.
Sigo el viaje. Mirando por el espejo retrovisor veo a varios niños que salen en televisión.
Un mundo sordo y con poca decisión aplaude mientras las cabecitas se van moldeando y reinventando.
Los artistas en formación saben exactamente cómo malabarear con las ideas para formar pequeños exitosos.
Ya dejé de suspirar. Hace tiempo.
Que las cosas sigan.

