miércoles, 6 de abril de 2011

Sí, ésta.

Así es. Hoy estaba agotada, y mientras arrastraba los pies caminando hacia mi casa, decidí: "Hoy voy a dormir una buena siesta."
¡Genial! Parecía simple, digo, todo el mundo duerme siestas. Es lo normal. 
Así es que tomé un libro y me dije: ¡a dormir se ha dicho!

Al cabo de la página nº 53 , sospeché que no iba a ser tán fácil. No tengo costumbre de dormir en la tarde, pero ¿qué tan difícil podría ser? ¡Estaba desesperándome!
Así que decidí dejar el libro y disponerme a la no-tan-placentera forma de dormirse: forzando al sueño. Cerrar los ojos y autoconvencerme de que tenía tanto sueño que una vez que me durmiera iba a seguir de largo hasta el próximo mundial.

Logré dormirme. ¡Y cómo! Creo que soñé hasta con el perro del vagabundo que ví por la ventana del 526 que estaba echado en la parada del Tres Cruces hace 3 años. Y lo que es peor: "semi-soñé". 
Cuando digo "semi-soñar" me refiero a esos sueños que parecen realidad, cuando soñamos que nos dijeron algo o que pasó algo (o que no pasó) y al despertar la realidad se vuelve absolutamente confusa; y andamos como desesperados preguntándole a nuestros hermanos si fueron ellos los que nos vinieron a ofrecer gelatina mientras tocaban la pandereta.

Al fin y al cabo, creo que el ejercicio mental que hice en la siesta requiere otra siesta para recuperar todas las neuronas quemadas en comprender tanto fenómeno nuevo.

¡Y pensar que la gente sigue ritmos de siestas diarias! Hay que estar preparado.

No hay comentarios:

Publicar un comentario