Luisa sonrió y volvió a mirar por el ojo de buey que daba a los canales del sur del pueblo. Venecia estaba más linda que de costumbre, incluso pese a la fuerte lluvia que resonaba en el techo metálico de los vaporettos. El cielo se iluminó con un relámpago, y el restruendo que le siguió hizo respingar a la pequeña Michelle. Abrió los ojos, que se asemejaban a dos enormes piedras de jade, y luego de cerciorarse de que todo estaba en su sitio, volvió a concentrarse en sus óleo-pasteles.
Allá afuera, en la azotea de la casa verde vecina, estaba sentado un hombre con su violín. Bernardo no dejaba pasar un día sin dedicarle a la luna su melodía más hechizante; inclusive había veces en que, en medio de la madrugada, volvía a salir para repetirle alguna canción que no había sonado del todo bien, o tocarle alguna que acababa de escuchar en sueños.
Y ese día, al igual que todos los anteriores, Luisa lo observaba atentamente, sin dejar escapar ni una nota de sus oídos. Bernardo chorreaba agua, pero su violín se mantenía flamante bajo su paraguas.
Ya habían transcurrido unos minutos desde que las finas notas habían comenzado a sonar, cuando de repente el muchacho la vio. Casi accidental, casi una mirada como cualquiera, pero fue diferente.
Ella se agazapó al instante, adquiriendo el típico color rojizo de la vergüenza, mientras que la niña se entretenía más pintando en la pared que en las aburridas hojas de papel.
Al instante, sonó el timbre.
Pánico.
Luego de tardar lo suficiente como para dar tiempo al visitante de arrepentirse, la chica giró la llave de la puerta de calle. Un ser empapado de pies a cabeza intentando cubrir su instrumento de la lluvia le sonrió.
-¿Puedo pasar a tocar aquí? A veces me siento solo tocándole a la luna. Es hermosa, pero un poco antipática...-

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